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mostly harmless…

En tierras breves: Asuntos Internos

Ya eran aproximadamente las tres de la madrugada. El reloj de Mauro iba un poco retrasado, algo típico de alguien que no se fijaba demasiado en ese tipo de detalles.

La calle madrileña -pésimamente iluminada- reflejaba de vez en cuando algunos brillos sobre la piel de las chicas apostadas en los muros adyacentes, que en guardia esperaban a algún incauto que pudiese caer en sus manos.

Todavía ella no había llegado, así que había tiempo para entretener la mirada entre las variadas curvas y texturas: jóvenes experimentadas o maduras novatas, siempre las observaba como a las verdaderas víctimas de la noche. Deambulaban por la acera con impaciencia, esperando cazar al cliente ideal, para quedar su imagen en sus mentes enmarcada hasta el día siguiente.

Mauro entre tanto revisaba de vez en cuando su vestimenta. La falta de suficiente luz impedía ver si por accidente el último café hubiese podido mancillar su camisa de poligonero: unas profundas ojeras y unos dientes artificialmente descolocados no contribuían demasiado a mejorar su presencia, cosa que solía preocuparle con frecuencia. Dicen que los hombres mejoran con los años, y precisamente Mauro no corría con esta misma suerte. Al menos el rapado al cero causaba su efecto. Satisfecho con su última inspección, se mordió el labio inferior y apretó los puños, forrados éstos de anillos dorados que reposaban sobre el volante.

Al poco de llegar empezaron las entrevistas de siempre, cosa que era un buen problema. Multitud de prostitutas circularon ante su ventanilla, a la espera de que pudiese morder el anzuelo; un anzuelo que invariablemente solía quedar muy a la vista. Tanto se veía que Mauro acababa sumergiéndose en esos detalles: la ropa ínfima y ajustada, los labios húmedos, el vicio perspirado por cada poro y el aliento precipitado sobre la piel, en la humedad de la noche. Esto solía dificultar las cosas, pues debía reenganchar a Eva antes de que fuese demasiado tarde. Perderle de vista un solo instante alargaría su espera.

De esta guisa, Mauro solía fantasear un rato. Eso solía ser más barato, higiénico pero apenas eficaz, pues su economía no era muy boyante y la soledad le atenazaba sin descanso. A día de hoy, el trabajo era todo lo que tenía: ya llevaba tres meses con este asunto, y a fuerza de la costumbre había olvidado lo que era vivir de día una vida normal.

Pasadas las tres y media distinguió a Eva, a través de la calle. Era una mujer esbelta de pelo castaño: Vestía como una joven gótica que acababa de salir de un local de copas; llevaba unas medias que recorrían sus largas y perfiladas piernas hasta una falda corta y ajustada que absorbía la luz por completo. A juego venía una blusa blanca con tirantes negros y sin mangas, abierta lo suficiente para airear un ligero escote, que seducía en silencio, hermoso.

El maquillaje resaltaba la oscuridad de unos ojos profundos, que brillaban incisivos. Así mismo, un sencillo tatuaje en letras góticas recorría su cuerpo, unas palabras que expresaban una frase que sólo el observador privilegiado podría ver algún día en su totalidad a todo detalle. Recorría una muñeca, se desplazaba al codo y se sumergía debajo de la blusa, reapareciendo por el escote. Salía por otro rincón, pasaba por la pierna y se perdía….en la imaginación del observador.

Perdido Mauro en estos detalles, vio como Eva vino directamente hacia él, acercándose a la ventanilla.

- Hola Mauro, ¿hace un pitillo? Anda, demos un paseo.
- Ya era hora, cada vez tardas más…

Mauro, fingiendo cierta indiferencia puso en marcha el coche mientras ella ocupaba el asiento del acompañante. El motor de doscientos caballos, ronroneó mientras la blanda y agitada suspensión del viejo Citröen compensaba la entrada de Eva en su interior.

- A ver cuándo nos cambiamos el coche, Mauro. Menuda chatarra…¿ya aguantará el chasis de este Citröen de 2CV este motor?
- No lo puedo evitar, soy un sentimental. Ya sabes lo que me gustan los coches retro, especialmente si están tuneados por dentro…el trabajo requiere velocidad cuando es necesaria, y paga el estado.

Los ojos de Eva miraron exageradamente hacia arriba, como si pudiesen perforar el techo del coche. Un resoplido más tarde, centró su mirada en las luces de la ciudad que en un jueves cualquiera como éste, nunca duerme.

- ¿Y bien? ¿Algún progreso?- dijo Mauro.
- Me han comentado que esta misma madrugada se hará la próxima entrega en el Capricho, así que es posible que los pillemos. Ya sabes que hasta ahora no sabíamos quién se ha estado llevando poco a poco la heroína que con tanto esfuerzo se había decomisado hasta ahora. Y especialmente después del pelotazo del aeropuerto.

Mauro, aliviado, suspiró con cierto fastidio:

- Ya era hora! Después de tres meses, ¿no había otra forma de hacerlo?.
- ¿Y poner en guardia a todo el departamento de narcóticos? Imposible.
- Entonces, ¿qué hacemos? ¿Avisamos?
- ¿Avisar? De eso ni hablar….ya que nos hemos tirado tres meses así, tengo ganas de saber quién nos ha estado tocando los huevos todo este tiempo y hacerles tragar el polvo hasta el último gramo.

Eva lanzó una profunda calada al cigarrillo -liado, como debía ser-, y soltó el aire de golpe. Decididamente, el Citröen torció bruscamente su curso subiendo por la alameda de Osuna en dirección al parque. La luna llena brillaba en un cielo despejado, para el que la contaminación habitual no había hecho mella en esa noche de verano.

Aparcado el coche de incógnito -salvo por el pequeño detalle del ruidoso exceso de cilindrada del motor- Eva y Mauro se dispusieron a colarse en el parque, trepando por el muro opuesto a la entrada principal lo mejor posible.

- Como se te ocurra mirar hacia arriba, te voy a dejar esa sonrisa bobalicona como un piano, que ya poco le falta.
- Bueno, vale: ya que te pones así, déjame subir a mí primero.
- ¿Para observarme cómo bajo desde el otro lado? Quedas avisado…

Mauro tuvo que dejarla ir a ella primero, quedándose de espaldas y a regañadientes. Ya superado el muro, acordaron mantenerse cerca del punto de encuentro pero sin posibilidad de caer en fuego cruzado. Pistolas a punto, y seguros fuera aguardaron un rato hasta que en medio de la noche se encontraron cuatro personas junto al viejo invernadero de cristal.

- Gutiérrez y Alcántara, qué cabrones….- susurró Mauro sibilante, apretando los dientes.

Gutiérrez se llevó lentamente la mano al interior de la americana, mientras Alcántara miraba de soslayo a una sombra que desde un arbusto se proyectaba en el suelo.

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