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En tierras breves: Perder el Norte (II)

Continuamos la historia que comenzó en este post anterior. Siendo consciente de que estoy aprendiendo a escribir relatos breves, sé que habrán fallos en el escrito.

Os quisiera animar a que aportéis vuestros comentarios, de los que os estaré siempre agradecido.

Perder el Norte (segunda parte)

Puesto y ajustado todo el equipo, la gélida ventisca que invadía el campamento le obligó a entornar los ojos tras salir de la tienda de campaña.

- Qué idiotez! ¿Cómo pude abandonarle a su suerte? – gruñó el nórdico. Acto seguido, se puso a caminar pesadamente sobre la nieve, ceñido por el viento.

El sol había desaparecido tras el frente de nubes que cubría el campamento, y Jürgen con el corazón en un puño seguía la vía de ascenso que habían practicado esa misma mañana. Con tan sólo alzar la cabeza, se podía vislumbrar entre las nubes una pequeña mancha amarillo fosforito que bajaba torpemente desde la cumbre de la montaña.

Empujado por el viento ladera arriba, la bombona de oxígeno oscilaba a sus espaldas. De ella dependía evitar la hipoxia entre la ida y la vuelta al campamento. ¿En qué estado estaría su compañero ahora mismo?

[...]

Mareado por la falta de oxígeno, el dolor  se instalaba cada vez más en el fondo de  la cabeza del español. El campamento cuatro estaba allí abajo,  pero ya no podía verlo.  A medida que descendía penosamente, el cansancio nublaba de vez en cuando su vista y la euforia había dado paso a una ansiedad cada vez más profunda. Julián se dió cuenta de que el tiempo se le estaba agotando rápidamente.

Con certeza su vida quedaba literalmente a sus pies -en la cima del mundo- y estaba cerca de perderla para siempre. El dolor en sus pulmones empezó a acentuarse, tras una larga exposición a la atmósfera pobre en oxígeno que el montañero intentó ignorar todo lo posible.

- Sólo es un paseo cuesta abajo -  se decía para sus adentros, exhausto. El viento que le traía de frente el temporal de nieve no sólo estaba cubriendo el campamento, sino que en pocos minutos estaría justo donde él estaba ahora mismo.

La nieve envolvió enseguida al alpinista sin remedio, incrementando la resistencia al descenso cada vez más. La energía se le estaba agotando rápidamente, y empezó a flaquear. Las piernas ya casi no le sostenían, la cabeza estaba embotada…no sentía los pies ni las manos. Sólo miraba hacia al suelo y seguía las pisadas, las pisadas que había dejado esta mañana. La gravedad que le había ayudado al principio a descender empezó a pedirle que se dejara llevar, que se postrara a descansar un momento, sólo un momento…

[...]

La nieve surcaba por los aires alrededor del nórdico, protegido por la máscara de oxígeno que no ayudaba a mejorar la visibilidad del entorno.  Sólo la luz gris oscurecida por el temporal de nieve le permitía distinguir los surcos de las pisadas en la vía de ascenso.

Tras una hora de difícil esfuerzo, distinguió una forma de color amarillo apagado más adelante. Con preocupación, Jürgen se aproximó y encontró a Julián tendido en el suelo, semicubierto por la nieve que no cesaba de envolverles incansablemente.

- Eh! Eh! Julián! Despierta, tienes que levantarte! -

- … -

Julián todavía tenía pulso, pero muy débil. Sus manos y pies parecían rígidos, estaba hecho un ovillo en el suelo, inconsciente. Si no conseguía reanimarlo sería demasiado tarde. Sin su cooperación sería imposible arrastrarlo ladera abajo: manejar tanto peso a esta altura requeriría la asistencia de varias personas.

Intentó darle oxígeno para ver si su condición mejoraba, pero la coloración de la piel ya mostraba los signos de una hipoxia aguda. Fue así como el español recobró el conocimiento lo suficiente como para devolverle una mirada, para luego caer de nuevo en la inconsciencia.

Desesperado, intentó empujar el cuerpo de su compañero para hacerlo rodar por la pendiente. Los músculos del noruego se tensaron del esfuerzo, y con un empujón sostenido consiguió que el cuerpo de Julián se desplazase apenas un metro más abajo. La nieve recién llegada impedía que pudiese deslizarse lo suficiente, y el tiempo seguía empeorando.

Sollozando, el noruego se dió cuenta por fin de que era demasiado tarde.  Así se quedó unos instantes arrodillado junto a su compañero, batido por los vientos y la nieve  junto a la cima del Everest.

[ fin ]

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