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En tierras breves: Padres en silencio

No veía otra salida: ni estaba previsto ni premeditado. Ahora que ella ya no estaba, mi corazón hecho pedazos me decía que no tenía otra alternativa. Ciego de tristeza y dolor crucé la puerta del hospital, hacia la senda de lo inevitable.

Él, mientras tanto, me miraba fijamente con sus redondos ojitos oscuros de color avellana, arropado en su arrullo.

Por su parecer, podría llegar a creer que él estaba al cargo de la situación, que entendía la gravedad de lo ocurrido en el hospital, que sentía todo lo que había pasado y que también la echaba de menos. Tras las puertas del hospital nos esperaba el frío invierno.

Ada dió a luz a las seis de la tarde, en un parto difícil y largo; las cosas no habían ido bien desde el principio. Las contracciones del día anterior comenzaron a ser demasiado intensas y dolorosas, y fue aquella mañana cuando rompió aguas, tiñendo las sábanas de escarlata.

Cuando llegamos al hospital, ella ya estaba muy débil. Me avergüenzo, pero he de reconocer que me preocupé más de su estado que del bebé: si hubiese sabido que esto podía pasar, jamás me habría atrevido a dejarla trabajar en su estado. Pero lo peor es que nuestro problema estaba en el dinero, sin el cual no podríamos aguantar mucho más el invierno.

Yo estaba sin trabajo y ahora que Ada nos había dejado no podríamos cubrir las deudas, ni los gastos de la comida ni el alquiler. En un país frío y extraño con la familia tan lejos, nadie podría ayudarnos ni de cerca ni a distancia. Ahora que ella ya no estaba -con el corazón hecho pedazos, solo y con un bebé que alimentar- ni siquiera lo podría enviar a la familia. No había dinero suficiente, ni iba a haberlo en el futuro cercano.

El bebé se echó a llorar, y tuve que meterme en un puesto nocturno para comprar suficiente leche en polvo para varios días. Fue así cómo gasté lo poco que me quedaba en los bolsillos. Ya era demasiado tarde para volver a casa, y aunque deseara hacer lo contrario la decisión estaba tomada.

Nos quedamos un rato en la tienda, recuperando el calor que nos había robado el invierno siberiano. Con el calor empezó a calmarse, y olvidando el motivo de su llanto se encogió más en el arrullo, con miedo a perder de nuevo un combate más al infatigable frío. El tendero sospechando algo, nos obligó a salir apresuradamente de la tienda.

Treinta minutos más tarde, nos acercamos por fin ante la puerta. La puerta del orfanato, negra y desvencijada había sido reparada con maña pero con escasos recursos. Los escalones irregulares estaban limpios, en contraste con la nieve que cubría las aceras de la calle. Las ventanas traslúcidas e iluminadas, estaban enteladas por el tenue calor que desprendían en contraste con el frío de la noche.

Tenía que ser así, antes de que me pudiese arrepentir. Dándole un beso en la pequeña frente, dejé al bebé y un paquete con la nota frente a la puerta, para luego tirar fuertemente de la campana y salir corriendo. Deslicé la mano en el tirador de la campana, hice una larga inspiración y cogí el asidor con fuerza.

Fue entonces cuando me dí cuenta de que el bebé estaba despierto, mirándome fijamente, expectante. Por su parecer, podría llegar a creer que él estaba al cargo de la situación, que entendía la gravedad de lo ocurrido en el hospital, que sentía todo lo que había pasado y que también la echaba de menos. Así anhelante esperaba algo por mi parte, esperando así pacientemente una respuesta velada.

Y fue entonces cuando ví a Ada.

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