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En tierras breves: Días de huelga (I)

Al sonar el despertador, Adolfo hizo ademán de apagarlo perezosamente. El cacharro digital tililaba mostrando las 12 de la mañana, y aunque fuese una hora normal, hoy ya era demasiado tarde para llegar al trabajo. Era día de huelga en la ciudad.

A pesar de que el sol se filtraba por las rendijas de la persiana, el frío de un otoño incipiente se había acomodado en la habitación.

Entumecido, se aprestó a cubrirse con una bata afelpada: ¿por qué la calefacción central había dejado de funcionar? La sorpresa fué mayúscula al encontrar que no había agua caliente, por lo que decidió lavarse sólo la cara y las axilas, tal como lo hacían algunos en el Madrid del siglo diecinueve. Un café bien cargado más tarde se vistió para salir a la calle.

Abrió la puerta verde de su apartamento y comenzó a bajar por la escalera. Al llegar al portal se sorprendió al encontrar el puesto vacío de la portería, en el que la portera solía estar a todas horas (¿se habría unido a la huelga?). Adolfo no pensaba perder el tiempo en acudir porque no tenía interés. Había decidido que era una buena excusa para tomarse el día libre, pues perder un día de salario le daba igual y tampoco tenía demasiados derechos por los que luchar tras 30 años de empleado en una oficina.

Salió del portal estupefacto, al ver indignado que algún gamberro había puesto junto al portón en spray rojo:

                           HUELGA GENERAL. 29-S YA.

Al levantar la vista, se sorprendió todavía mucho más.

La calle, iluminada por el sol de mediodía estaba sumida en el silencio. Un coche de policía esperaba vacío sobre la acera de enfrente, con las luces de emergencia encendidas y las puertas abiertas. Los carteles de los sindicatos colgaban de forma desordenada y apresurada sobre las vitrinas de los comercios y establecimientos que estaban cerrados. La basura reposaba amontonada en los portales, enrareciendo el aire. No había ni un alma en la calle.

Angustiado se dispuso a llamar a su hijo para preguntarle qué pasaba pero no pudo hacerlo, pues el móvil estaba fuera de cobertura. En el interior de Adolfo comenzó a despertar la inquietud y una profunda incertidumbre, al saber que no podía ser posible.

¿Una huelga total?
¿Y los piquetes?
¿Y la policía?
¿Y la gente que dejó de ir a trabajar?

Enseguida volvió al portal, a llamar al vecino de su rellano, con escaso éxito. Después de probar en varios pisos -portera inclusive-, recordó que en el ático vivía un señor de edad avanzada que ya no podía salir de casa.

- Hola? Hola! ¿Hay alguien en casa?- aprestó Adolfo, pulsando insistentemente el botón del ático en el interfono.
- … ah, parece que todavía queda alguien en la calle… – dijo una voz apagada.
- Disculpe que le moleste, soy el vecino del 4ºB. La calle está vacía y no hay nadie…¿qué está pasando? -
- Será mejor que suba y se lo cuente, no creo que pueda bajar de mi piso y no sé si me creería -

Adolfo subió las escaleras, apresuradamente, nervioso y aliviado porque al menos sabía que no estaba totalmente solo. Resoplando, tuvo que parar en el rellano de su casa, para poder subir tres plantas más a toda prisa antes de llegar al ático. La puerta del inmueble estaba entreabierta, y a través de ella un jirón de humo de cigarrillo disperso fluctuaba en el aire, estático.

Decidió entrar, para ver que tras el angosto recibidor la luz diurna que surgía de una habitación se aplastaba contra  la oscuridad del pasillo que lo seguía,  junto con el humo de cigarrillo que flotaba en el ambiente.

Saludando al interlocutor ausente con un apagado “Hola, buenos días...” traspasó el umbral y cerró la puerta. Al acercarse a la habitación a través del pasillo, pudo ver a un hombre de avanzada edad sentado en una silla de ruedas.

- Me parece que usted no tiene ni idea de lo que está pasando, así que antes de nada tome asiento porque lo que le voy a contar es difícil de creer -
- Sí claro, pero permítame preguntarle…¿qué hace usted aquí todavía? – respondió con sorpresa Adolfo.
- Casi lo mismo que usted, pero de forma diferente. Si tiene paciencia se lo explicaré. -

[...continuará...]

Nota (2010/10): Como la segunda parte queda abierta, se aceptan propuestas para terminar el relato. Procuraré hacer la segunda entrega pronto.

Otra nota (2010/11): Cambié el título del relato, porque me pareció muy repetitivo volver a titularlo con el término “silencio”, cosa que ya había hecho en un escrito anterior.  “Días de huelga” suena más cotidiano y encaja mejor con el relato.

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